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| Portada del Libro |
En Los oficios del dulce se ofrece por primera vez
una visión global de la dulcería aragonesa así
como de las artes y oficios implicados en su elaboración.
El contenido del libro se divide en cuatro grandes bloques
y un pequeño recetario. En el capítulo primero
la autora, Carmen Abad-Zardoya --profesora del Departamento
de Historia del Arte, investigadora en temas gastronómicos
y cocinera-- se adentra en la evolución histórica
de las distintas profesiones del dulce. Documentos localizados
en archivos y antiguos recetarios conforman el hilo conductor
de una historia apasionante, marcada entre los siglos XVI
y XVIII por las tensiones gremiales y la lucha por conseguir
el control sobre la obra de horno o la labra del azúcar.
Lo que vendría después ha podido conocerse
gracias a una fuente excepcional: los libros de actas de la
asociación de confiteros y pasteleros de Aragón,
un material cedido por el maestro repostero Francisco Bentué.
En las páginas de estos manuscritos quedan reflejados
desde el entusiasmo por la Exposición Hispanofrancesa
de 1908 hasta el estallido de la guerra civil y la donación
de dulces a los hospitales durante la contienda. Como complemento
aparecen algunas de las firmas pasteleras más destacadas
de Aragón. Los responsables de Ascaso, Tolosana, Manuel
Segura y Muñoz nos abren las puertas de sus obradores,
y cuentan sus experiencias. No están todos los que
son pero son todos los que están.
El segundo capítulo está dedicado a la repostería
tradicional aragonesa. La compilación de las diferentes
especialidades locales se apoya sobre algunas obras de referencia,
las escritas por José María Pisa, Rafael Montal
y José Manuel Porquet, entre otros. Prima de nuevo
el enfoque histórico, rastreando el origen de ciertos
postres y sus denominaciones a través de viejos recetarios
y diccionarios. Los nombres o las formas de algunos dulces
nos permiten visitar la España de las tres culturas,
la mesa Real de los Austrias y las cocinas conventuales. A
las antiguas tradiciones se suman, en el tercer capítulo,
algunos de los dulces más representativos de la región,
como adoquines, lanzones y frutas de Aragón, creaciones
con fecha de nacimiento y paternidad reconocida. Se analizan
las relaciones entre el consumo de dulces, los rituales festivos
y las fechas señaladas del calendario litúrgico.
Como cierre se incluye un capítulo dedicado al chocolate.
La trayectoria reciente de obradores y de empresas aragonesas
se alterna con un jugoso anecdotario. El archivo diocesano
desvela el gusto por el dulce de algunos arzobispos zaragozanos.
El archivo de protocolos notariales da nombre a las dos únicas
mujeres que regentaron obradores en la Zaragoza del XVIII.
Y la prensa informa acerca del origen y las cantidades de
los chocolates que se cosumían en la ciudad que conoció
Goya. Las cartas de éste a su amigo Martín Zapater
y un manual de protocolo escrito de finales del setencientos
ilustran una fascinante cultura. Todo se completo con muchas
fotografías de calidad. Muchos de los hermosos objetos
forman parte de colecciones (como la de la familia Zorraquino)
o bien pertenecen al museo de la pastelería de la familia
Segura en Daroca. El resultado final es un dulce regalo para
paladares golosos.
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